El sonido en las iglesias
Boletín #1
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20 junio, 2013

El sonido en las iglesias

por Frank Agostino

Desde hace varios años me preocupa el mal manejo que se le da al sonido en muchas de las iglesias cristianas y lugares donde se realizan celebraciones evangélicas, dado que cuando la presión sonora excede los límites de seguridad establecidos para el oído humano, este sufre daños irreversibles…

 

Muchas veces quise intervenir con una sugerencia técnica porque el sonido excesivamente alto, además de resultar molesto y de dañar el oído, muchas veces da lugar a una fuerte reverberación, lo cual le resta claridad a la locución, haciendo difícil y estresante la captación del mensaje. Lamentablemente casi siempre percibí una reacción burlona ante mis sugerencias, por lo que decidí enfrentar el problema de otra forma.

En su artículo Volumen excesivo… daño al oído (Revista Unión de diciembre de1998), Rafael Hiatt denuncia el problema con acierto y valentía. Advierte que ya hay miles de personas afectadas, entre ellas, él mismo.

Hoy quiero levantar la bandera que plantó el hermano Hiatt. Como el problema es mucho más serio de lo que parece, lo trataré con amplitud, señalando principalmente los daños que el alto volumen provoca en los oídos, sus causas y consecuencias, a la vez quiero sugerir un principio de solución.

Daños que provoca el excesivo volumen

Malas relaciones con la comunidad.
El bullicio y el ruido molestan a los vecinos. Para tratar este problema hay dos opciones: a. Tratamiento acústico (aislamiento) de paredes, pisos y techos. Esto resulta altamente costoso, y en muchos casos imposible. b. Realizar las reuniones con sobriedad y orden —lo cual es un mandato bíblico a los creyentes y a la iglesia (1Pe 5.8; 1 Co 14.40). Esta opción es mucho más fácil de encarar y no tiene costo monetario. La sobriedad y el orden en las reuniones, de ninguna manera estorban el gozo y la alegría en las alabanzas, al menos cuando se trata de alegría y gozo espirituales.
Destrucción gradual de los oídos. El excesivo volumen con que generalmente se manejan los equipos de audio tiene consecuencias muchísimo más graves, pues si bien los problemas con los vecinos podrían tener solución, la excesiva amplificación del sonido tiene consecuencias irreversibles, como lo es la destrucción gradual de los órganos auditivos.
Si a usted le molesta el alto volumen del sonido en las reuniones, es afortunado. Ello significa que aún no ha perdido la sensibilidad auditiva típica del oído sano. Pero tiene que tomar medidas urgentes, no sólo para conservar su oído sino también para proteger los oídos de sus hermanos. En cambio, si a usted no le molesta el sonido muy alto, es posible que esté sufriendo de pérdida de sensibilidad auditiva, sus oídos pueden estar parcialmente dañados, y no sólo los suyos, sino que también los de toda su congregación si no toma medidas a tiempo.

Causas del excesivo volumen

Ahora bien, el volumen excesivo no depende simplemente de cómo se manipulan los equipos de audio, sino que es algo más complicado, porque gira alrededor de tres causas principales.

El concepto erróneo de que potencia equivale a buen sonido.
La primera es que la mayoría de quienes «hacen sonido» y manejan equipos de audio creen que para obtener buen sonido hay que disponer de mucha potencia. Este concepto es absolutamente erróneo. El buen sonido no depende de la mucha potencia, sino de una buena distribución de la mínima potencia requerida en cada caso. Cabe acotar aquí que las autoridades que velan por la salud de la población en los EE.UU. desde hace una década están muy preocupadas por la alarmante cantidad de adolescentes que padecen severos daños a sus oídos (mas de 50 % con un grado de deficiencia auditiva de entre 30 % y 70 %) lo que es irreversible, debido exclusivamente al excesivo volumen con que escuchan música. Es por ello que desde hace tiempo, las autoridades mencionadas obligan a los fabricantes de walkman y discman a colocar en todos los manuales de equipos de audio la siguiente advertencia: «Escuchar música a alto volumen es perjudicial para los oídos». Ahora bien, si el volumen excesivo causa daño a los oídos de jóvenes y adultos ¿Se imagina el lector cuánto más daño irreparable sufren en sus tiernos oídos los bebés y niños pequeños? Como ellos no pueden decidir, usted tiene la responsabilidad de velar por ellos.
Los que controlan el sonido no son profesionales. La segunda causa principal del volumen excesivo es que la mayoría de quienes manejan equipos de audio no tienen conocimientos básicos sobre sonido, ni son conscientes del daño que se le causa a los oídos cuando no se manejan los niveles con prudencia. Esto se debe a que el manejar sonido parece tarea fácil, al alcance de cualquiera, y que todo consiste en disponer de un poderoso amplificador, apilar robustos baffles y mover perillas, cuando en realidad no es así. Un avión moderno también se maneja moviendo perillas y palanquitas, pero…
Sordera parcial de quienes manejan el sonido. La tercera causa, inevitable, es que muchos de quienes manejan audio padecen algún grado de sordera, en muchos casos muy severa, lo cual es consecuencia lógica del continuo mal uso y abuso de la potencia, por lo cual ellos amplifican la música a niveles absurdos de hasta 120 decibeles y a veces más. Téngase en cuenta que el umbral de dolor en los oídos está en los 130 decibeles y que 140 db equivale a una explosión justo junto a uno.

El departamento de trabajo de los Estados Unidos reglamenta el tiempo máximo que las personas pueden estar expuestas al sonido o ruido ambiental, siendo de un máximo de 2 horas para 100 dd y tan sólo 15 minutos o menos para 115 db (un «db» es la unidad de medición de presión sonora). En los medios evangélicos, lo mas común es que durante las alabanzas, la presión sonora se mantenga en los 110-120 db lo cual es realmente un disparate total. Estos no son datos imaginarios. Yo llevo siempre conmigo un audiómetro, como también lo hace el hermano Rafael Hiatt. A modo de ejemplo, diré que en un evento realizado recientemente en una iglesia de Lanús, Buenos Aires, el nivel de amplificación para el predicador fue de 90-104 dB, mientras que en las alabanzas trepó hasta los 116 db y así se mantuvo durante mas de 3 horas. Esto es demencial.

En un concierto de «música cristiana» hice algunas mediciones con mi audiómetro en diferentes puntos del salón. En todos los casos la presión sonora se mantuvo en los 110-120 decibeles. Esto es francamente una aberración brutal, pues el sonido a esos niveles es un atentado a uno de los sentidos más preciados del ser humano, como lo es el auditivo.

Es imperiosamente necesario que nuestros queridos pastores tomen en cuenta esta realidad y además observen que quienes manejan el sonido en las iglesias y otros recintos donde se realizan eventos son en su mayoría adolescentes y/o personas muy jóvenes, muchos de ellos fanáticos admiradores de grupos que se deleitan con la superpotencia de sus equipos de audio, sin importarles si con ello le revientan los oídos a la gente. Parece como que lo importante para ellos es tener «arrastre» y vender muchos discos y casetes.

Un elemento para corregir es la costumbre de amplificar lo que en un recinto cerrado jamás debe ser amplificado, como las «baterías» con sus instrumentos de percusión, los que precisamente por su naturaleza generan sonidos de niveles tan altos y penetrantes que no requieren amplificación alguna.

Consecuencias que deja el excesivo volumen

Es cierto que algunas de las consecuencias del excesivo volumen, como la molestia a los vecinos y los juicios que pueden desencadenarse, podrían resolverse mediante el tratamiento acústico de los recintos, pero tal recurso es adecuado sólo cuando, con el sonido a niveles adecuados, el problema aún persiste porque la iglesia es muy grande y numerosa. En cambio, cuando se trata de excesivo volumen, recurrir al tratamiento acústico de paredes, pisos y techos es como pensar que para obtener una buena calefacción en invierno, lo correcto es encender todos los calefactores al máximo, luego, si hace mucho calor, abrir todas las ventanas o encender el aire acondicionado, cuando lo mas sensato y lógico es ajustar los calefactores a los niveles adecuados. Además, con el tratamiento acústico que es muy costoso, se resuelve el problema afuera, pero no adentro, que es donde el excesivo volumen del sonido causa los mayores daños.

Resumiendo, todos los disloques mencionados hacen que el nivel del sonido que se maneja en las iglesias y otros lugares de reunión sea excesivamente alto, con las siguientes consecuencias:

Daño irreversible a los órganos auditivos de jóvenes y adultos, con severa gravedad en los bebés y niños pequeños, y daños neurológicos a los bebés en gestación.
Serias molestias a los oyentes, bloqueo de la capacidad de pensar y meditar, estrés, nerviosismo, etc.
Molestia a los vecinos.
Acciones judiciales de los vecinos y padres de jóvenes cuyos oídos fueron dañados por asistir a las reuniones.
Excesiva distorsión y reverberación, pérdida de claridad sonora, lo cual dificulta la comprensión de las palabras y por ende, la captación del mensaje, que es lo que el diablo quiere.
Finalmente, recordemos que el oído es parte de nuestro cuerpo y que el cuerpo del creyente es templo del Espíritu Santo, por lo tanto debemos cuidar todo el cuerpo. Recordemos también que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Ro 10.17).

«el que todavía tiene oído, oiga» (Ap 3.22 [versión ampliada]).

Fuente:

DesarrolloCristiano.com

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